Carlos Duguech

Columnista invitado

Hay tres partes que confluyen en ese territorio cuasi fantasmal de las relaciones humanas. De gran perversidad y a la vez con códigos que constituyen -pese al derecho y las leyes- una especie nociva de derecho consuetudinario. Porque no otra cosa es que el sistema de elaboración y comercialización de las distintas especies de drogas, buscadas principalmente por jóvenes, funcione aceitadamente en cualquier parte del mundo. En algunos sitios con leyes duras que reprimen la actividad de los narcotraficantes pero que enfocan sus reflectores en los drogadictos en riesgo, no tanto para su tratamiento médico o psicológico como para su incriminación en casos delictivos. Esos extremos de la ecuación con dos variables, drogadicto y proveedor de drogas, incluye, como en muchas ecuaciones la letra C, como constante. Viene la pregunta a ras: ¿Qué significa esa constante “C” entre las dos variables “consumidor” y “proveedor”? He aquí lo gordiano del nudo a la hora de explicar la ecuación sociocultural-política. Todo dependerá del espacio, del sistema, del país en suma, donde la ecuación trágica de la drogadicción asienta sus reales. Porque resulta comprensible que no es lo mismo (aunque se está pareciendo más de lo que uno suponía que podían hacerlo) que el complejo sistema de la drogadicción y el narcotráfico necesario para mantener latente el “mercado” funcione con menos restricción en países democráticos que en un sistema de absolutismo gubernamental como en Siria.

El “captagón”, la llamada “cocaína de los pobres”, nos recuerda al pernicioso “paco” en Tucumán, circula en la milenaria Siria como mercancía al alcance de quien la quisiera (o la necesitara desesperadamente, tal la adicción de los “iniciados” en el captagonismo). Con un régimen como el del presidente sirio Bashar al-Ássad, (por cuatro veces elegido en los últimos 21 años) sucesor de su padre Hafez al-Ássad (que por treinta años gobernó el país después de un golpe de estado) se puede afirmar con esos 51 años de gobierno padre-hijo que en mucho se parece a una monarquía absoluta.

Y suele aparecer ante quien escribe desde muy afuera que un sistema tan prieto en la empuñadura del poder puede tener mejor que otros sistemas un dominio de lo que ocurre en el país. Que lo estricto del sistema y el ejercicio cuasi omnímodo del poder en todos los órdenes harían imposible el desarrollo del narcotráfico. Y no es así, tal y como dan cuenta tantos observadores mundiales de lo que en esa materia ocurre en el país árabe.

El captagón tiene carta de ciudadanía en Siria. Siendo una droga con raíz en la anfetamina genera entre sus consumidores estados de euforia, de alerta inusual y de analgésico de cualquier dolor. Lo vienen utilizando con un compuesto químico similar por los integrantes del autodenominado “Estado Islámico”, que tanto daño produjo con sus crímenes. Y en el mundo islámico, precisamente, que nada tiene de relación con sus proclamas y métodos aberrantes y criminales. Se fabrica en el norte de Siria y en forma de comprimidos se distribuyen por medio de traficantes en las fronteras de Siria con Líbano. Y alcanza niveles de producto de exportación tramposa con varios otros países, algunos de los cuales ha logrado interceptar cargamentos cuantiosos. Un país diezmado por una guerra de múltiples matices que enmascaran y a veces ahondan las consecuencias de una guerra civil de diez años (desde las protestas antigubernamentales de 2011) se ha convertido en un territorio productor de drogas nocivas y a la vez generador de un mercado que promueven y explotan los narcotraficantes.

La pregunta

Un país con una dinastía de sólo dos integrantes (padre e hijo) gobernando con mano firme durante 51 años ¿tiene o no tiene el poder para controlar con autoridad el narcotráfico en un país árabe?

No es demasiado arriesgado suponer que, pese a la centralidad del poder por esos 51 años, existen una (o varias manos negras) que son grises o cuasi blancas desde el mismo poder. Y desde esa plataformas lucran con la demanda de drogas, particularmente desde sectores de jóvenes, de un país donde éstos tiene poco futuro, pocas ilusiones, crecidos en la guerra interna y hasta con incursiones de terceros países.

Dejará de ser un asunto sólo sirio para extender la tenebrosa mancha por la región. Y eso es criminal. Lo que comúnmente se denomina la comunidad internacional de naciones deberá crear y utilizar los mecanismos que coadyuven a poner coto a este despliegue inusitado de la producción y del comercio de drogas en Siria y en la región. Antes de que sea tan tarde como para que -siendo un negocio- otros países adopten ese camino de muerte, destrucción y enriquecimiento de unos pocos criminales bien vestidos y con casas y autos de lujo. En Argentina hay cerca de 3.500.000 habitantes de origen sirio. Entre los hijos y nietos de esos inmigrantes provenientes de una Siria Otomana, de una gobernada desde Francia por mandado de la Sociedad de las Naciones luego de finalizada la primera guerra mundial y el desmembramiento del Imperio Otomano y de la Siria independiente desde 1941, se cultiva el sentimiento de la patria originaria de sus antecesores. Muchos querrían conocer la Siria de la que le hablaban sus padres, sus abuelos. Esa conformación cultural buscará afirmar el sharaf (honor) sirio. Hora del protagonismo ante el gobierno sirio de la comunidad de descendientes esparcidos en el mundo. Argentina tiene su parte, y Tucumán la suya.